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Parábolas de la reforma electoral

La Propia Política Sara Lozano

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Parábolas de la reforma electoral

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Sara Lozano Fuente: Cortesía

La ceguera de taller, término que aprendí en ingeniería de sistemas, es como esta enajenación en el mundo material, un encadenamiento a una perspectiva tan mecanizada que ya es imposible identificar y mucho menos transmutar. Es un estado mental cómodo porque no se puede estar cambiando todo y todo el tiempo, pero siempre recae en condiciones que vuelven densa la actitud y la disposición. Nadie quiere perder su comodidad, nadie quiere cambiar lo que medio funciona.

Una parábola interesante es la del sapito en la olla con agua a fuego tan lento que nunca advertirá que terminará cocinado en la plácida tibieza que inicialmente sintió. Nadie quiere perder esa placidez inicial, nadie quiere cambiar lo que se siente bien.

Tampoco se quiere alterar la comodidad ni la placidez sólo porque sí, pero no puede dejar de advertirse que, tanto ceguera como tibieza, son estados temporales que a la vuelta del tiempo llevan a normalizar condiciones que llegan a ser perversas. Quizá valga aquí lo que leí de Orhan Pamuk en una novela que empieza afirmando que la felicidad sucede cuando aún no te has dado cuenta y que existe cuando ya pasó.

En estas formas de letargo valdría la pena considerar en la ecuación de vida algo así como el ocio creativo, una forma de darle mantenimiento a la tranquilidad de lo que funciona y la calidez del agua tibia. La primera vez que lo sentí fue en la materia de Dinámica, cosa terrible de ingeniería, cuando no había manera de resolver los problemas de tarea, era tiempo para tomarse una siesta. Es relajante esta capacidad de retraerte de la realidad para descansar en un espacio blindado contra el estrés, las prisas, las variables, las intenciones o los problemas. Además, es útil, al regresar al mundo material, la realidad se presenta con más lucidez, más soluciones, más rutas y más certezas.

En esta historia de la reforma electoral que se propuso sucede algo análogo a la cabra del rabino, quien aconseja meter una cabra para que cohabite en una casa donde cuñados peleaban con hermanas, tía resentida con sobrinos, nietos que solían ser el motivo de las discusiones, mientras los dueños se esforzaban por recuperar la armonía familiar. En cuanto la cabra entró a la casa, toda la familia se unió para resolver el problema, se olvidaron asperezas y resentimientos con tal de sacar a ese animal salvaje que estaba terminado con los muebles, con el orden y hasta con los niños. Las instituciones electorales dejaron la entropía para atender una reforma que amenazaba con desarticular un sistema electoral que funcionaba, cuyas prácticas probadas estaban tan mecanizadas que ya no se advertía la incomodidad.

Las primeras propuestas en aras de una austeridad se convirtieron en la cabra que iluminó la ceguera de taller y ubicó al sapito en la temperatura que estaba viviendo. Tomar distancia para articular y replantear lo que funciona y lo que puede mejorarse, optimizarse, agilizarse y tal vez para tomar una siesta en la vorágine del sistema electoral.

La autora es Consejera Electoral en el estado de Nuevo León y promotora del cambio cultural a través de la Educación Cívica y la Participación Ciudadana.

Opine usted: saralozanoala@gmail.com

Twitter: @saraloal

Esta es una columna de opinión. Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad únicamente de quien la firma y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.

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